El caballero irresponsable
Yacía postrado el impúdico caballero sobre la loza de la puerta principal del reino. Su escudero, un mozo de unos 14 años, flaco, desgarbado y poco agradable a la vista, tocaba un órgano invisible con teclas irregulares que se adaptaban perfectamente a sus artríticos dedos. El aparente vino de las tinajas, que no era más que jugo de remolacha, hervía al calor del recio verano que azotaba por aquellos tiempos las planicies. Don Alméredus Benereges, un caballero que de caballero solo tenía el caballo (un bravío rocín de alta casta, purasangre atiborrado de músculos en partes de las que no se tenía registro de masa muscular en otros de su tipo), perdía su dignidad al dejarse llevar por el sueño y dormitar en las puertas del gran palacio real.
De vigoroso aspecto, pues todo su cuerpo gozaba de unas facciones varoniles y bien formadas, el andante Caballero dormía al arrullo de las palomas y los merepingos, lo que no era buena carta de presentación para un miembro de la guardia real; por si fuera poco, el hombre de gran tamaño tenía desatado su largo y negro cabello, que se esparcía por el suelo cual charco de agua residual, digna de la recámara real de su majestad, pues aguas tan negras no se han visto desde Alonso de Bucaramanga, el sucio, según era conocido por sus súbditos.
El turno de la noche había dejado agotado al flamante hombre de la blanca barba.
Como en agonía, el caballero despertó y se llevó la mano al pecho, para descubrir que aún conservaba el collar gris con el retrato de su amada. Fue entonces cuando se enteró de que se había dormido en su puesto de trabajo.
Como la mañana arreciaba, don Alméredus dirigióse sin dilación al estanque más próximo y bautizó la leche que habría de beber como desayuno. Usanza tal que era común para seguidores de la fe en su santidad el rey, pues a las burras por impuras debía santificar su preciado líquido. Miró el horizonte y dejó al tibio sol de la mañana calentar las latas que aún conservaba de armadura.
Como impulsado por el viento de agosto, don Alméredus subió a su caballo y olvidó la lealtad, el honor y la valía que le conferían ante los demás el título de caballero. De pronto, movido a consciencia por los sucesos de las últimas semanas, gritó para sus adentros con las fuerzas que le fue posible reunir en su pecho: "Pude escuchar mi chiste y es corto, tan corto, trágico y famélico, que no hay forma de tomárselo en serio; menos aún si es para reír".
Abandonó su trabajo, lo que se traducía en claudicar a su honorabilidad, estabilidad, dinero, comida y, sobre todo, la bendición de su rey. Cabalgó hasta la noche con un sol abrazador a cuestas. Lunático acérrimo de hondas cavilaciones y no pocos mundos recorridos, don Alméredus renunció a su vida por amor a la libertad de sentirse en casa, en la casa del ocio y el vacío. Muchos fueron los campos y no menos las aldeas que recorrió.
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