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Mostrando las entradas de enero, 2021

Un habitante del pasado

Como es sabido por los amantes de las mejores historietas en nuestro tiempo, un día, el aventajado y pendenciero Rodrigo de Lévula,  descubrió que más allá de los terrenos de su hacienda, cruzando las montañas marinas de la costa portuguesa, brillaba una luz extraña, como parpadeante y salpicada de los colores del arcoiris. Rodrigo, interesado por tan espectacular asunto, se dirigió en una pequeña embarcación hacia las montañas. Llamaban a las formaciones "montanha do mar" que, sin ir muy lejos, es precisamente lo que significaban, pues se trataba de una elevación en medio del mar que se erigía como montaña y, más allá de ella, solo había agua. Estaba inhabitada y pocas personas la frecuentaban por ser conocida como el espacio donde extrañas criaturas tenían su guarida. Una vez allí, solo y sin más que una espada en la espalda y un hacha en las manos, se abrió paso entre la maleza hasta que conquistó la cima y logró asomarse al lugar del que provenía la luz. De más está decir...

El caballero insensato

 Don Alméredus no era quien para citar los mejores libros que las américas pudieran producir, pero degustaba los sencillos escritos compuestos por jeringoza precolonial. Antes de que los imperios del este irrumpieran en los reinos de los poderosos naturales del oeste, existía una red de comercio que unía ambos mundos (civilización laica y reinos creyentes), y era la de los libros. La cosmovisión propia de los imperios tecnológicos, con sus armas y utensilios especializados basados en la física y las matemáticas (generalmente con el uso de combustibles como el carbón o el alquitrán), excluía el ánima misma de los reinos del este, quienes vivían en la creencia de los planos existenciales y la necesidad de conservar el orden con la naturaleza divina: la magia y el terreno espiritual; situaciones que en las ciudades del oeste tenían por mitos y leyendas.