El caballero insensato

 Don Alméredus no era quien para citar los mejores libros que las américas pudieran producir, pero degustaba los sencillos escritos compuestos por jeringoza precolonial. Antes de que los imperios del este irrumpieran en los reinos de los poderosos naturales del oeste, existía una red de comercio que unía ambos mundos (civilización laica y reinos creyentes), y era la de los libros. La cosmovisión propia de los imperios tecnológicos, con sus armas y utensilios especializados basados en la física y las matemáticas (generalmente con el uso de combustibles como el carbón o el alquitrán), excluía el ánima misma de los reinos del este, quienes vivían en la creencia de los planos existenciales y la necesidad de conservar el orden con la naturaleza divina: la magia y el terreno espiritual; situaciones que en las ciudades del oeste tenían por mitos y leyendas. 


 

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