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Un habitante del pasado

Como es sabido por los amantes de las mejores historietas en nuestro tiempo, un día, el aventajado y pendenciero Rodrigo de Lévula,  descubrió que más allá de los terrenos de su hacienda, cruzando las montañas marinas de la costa portuguesa, brillaba una luz extraña, como parpadeante y salpicada de los colores del arcoiris. Rodrigo, interesado por tan espectacular asunto, se dirigió en una pequeña embarcación hacia las montañas. Llamaban a las formaciones "montanha do mar" que, sin ir muy lejos, es precisamente lo que significaban, pues se trataba de una elevación en medio del mar que se erigía como montaña y, más allá de ella, solo había agua. Estaba inhabitada y pocas personas la frecuentaban por ser conocida como el espacio donde extrañas criaturas tenían su guarida. Una vez allí, solo y sin más que una espada en la espalda y un hacha en las manos, se abrió paso entre la maleza hasta que conquistó la cima y logró asomarse al lugar del que provenía la luz. De más está decir...

El caballero insensato

 Don Alméredus no era quien para citar los mejores libros que las américas pudieran producir, pero degustaba los sencillos escritos compuestos por jeringoza precolonial. Antes de que los imperios del este irrumpieran en los reinos de los poderosos naturales del oeste, existía una red de comercio que unía ambos mundos (civilización laica y reinos creyentes), y era la de los libros. La cosmovisión propia de los imperios tecnológicos, con sus armas y utensilios especializados basados en la física y las matemáticas (generalmente con el uso de combustibles como el carbón o el alquitrán), excluía el ánima misma de los reinos del este, quienes vivían en la creencia de los planos existenciales y la necesidad de conservar el orden con la naturaleza divina: la magia y el terreno espiritual; situaciones que en las ciudades del oeste tenían por mitos y leyendas.   

El caballero inculto

Por su gusto exquisito y costumbre real, la memoria del ilustre Alméredus sobresalía; situación tal que para algún lector quizá no sea una cualidad apreciable... si así fuere, no seré piedra de tropiezo para las impresiones que del Cawallur iuraq (una evolución de "caballo blanco", aunque con caballo se referían al caballero y al caballo, alterada por el uso de los reinos del oeste que así habían oído mención del caballero por los bárbaros) como le conocían al este en el reino inca, se haga el lector.  Condenadas por el tiempo y el espacio, la historita y la memoria son, por decirlo así, la expresión física (que no siempre material) del terreno donde la vida y la muerte se sortean el bingo del destino. Si un relato es a la historia lo que el recuerdo a la memoria (en tanto que se constituyen como las piezas fundamentales sobre las que se erige la trenza de la imagen, el hecho y la situación o contexto), entonces el recuerdo del relato histórico es el arma que todo caballero d...

El caballero impuntual

Sabemos hoy, por los hallazgos hechos en los fósiles de petróleo, que las embarcaciones son casi tan viejas como el lenguaje. Por alguna razón, el ser humano ha tenido la necesidad de observar el mar y querer dominarlo, como si la tierra se quedara corta y ese mundo misterioso lleno de monstruos y seres de otra naturaleza nos llamara. Información al respecto de los viejos navíos, nos han permitido averiguar el significado que los antiguos mares tenían para nuestros antepasados, pues muchas de las masas de agua que antaño ocupaban la superficie hoy yacen desaparecidas. Fue en uno de estos hallazgos, cuando un grupo de exploradores encontraron un galeón en mitad de la selva, donde se descubriría un resquicio que dejaba entrever las intrincadas sendas del pasado. Se trataba de los restos de un pequeño libro con una fina tapa de cuero; sus hojas, amarillas y traslúcidas, todavía conservaban algunas marcas de una tinta que se había preservado guarecida en una caja fuerte, tan fuerte que pud...

El caballero irresponsable

Yacía postrado el impúdico caballero sobre la loza de la puerta principal del reino. Su escudero, un mozo de unos 14 años, flaco, desgarbado y poco agradable a la vista, tocaba un órgano invisible con teclas irregulares que se adaptaban perfectamente a sus artríticos dedos. El aparente vino de las tinajas, que no era más que jugo de remolacha, hervía al calor del recio verano que azotaba por aquellos tiempos las planicies. Don Alméredus Benereges, un caballero que de caballero solo tenía el caballo (un bravío rocín de alta casta, purasangre atiborrado de músculos en partes de las que no se tenía registro de masa muscular en otros de su tipo), perdía su dignidad al dejarse llevar por el sueño y dormitar en las puertas del gran palacio real.  De vigoroso aspecto, pues todo su cuerpo gozaba de unas facciones varoniles y bien formadas, el andante Caballero dormía al arrullo de las palomas y los merepingos, lo que no era buena carta de presentación para un miembro de la guardia real; po...